A REÍR: CÓMO CURAR LA DEPRESIÓN Y LA ANSIEDAD NATURALMENTE- PARTE 1 DE 4


Bienvenido a la entrega 1 de la categoría AZUL ("EL CUENTITO DE LA SEMANA")


 ¿Hola, como estás? Ansiedad. Depresión. Nombro a una, luego a la otra. Y sí. Van de la mano. Quise relajar mi agobiado cerebro viajando a África. ¿El resultado? Calamidad. Pero espero que en tu caso, sea todo lo contrario. Que lo disfrutes. La enseñanza que pretendo inculcar en relación con la depresión está al final de la saga de los artículos (el último y cuarto artículo) Curar algo naturalmente es posible. No brindo recetas mágicas, desconfiá de ellas; el objetivo es que te rías.

Maldita sea. Lo recuerdo todo como si hubiera ocurrido hace dos minutos. Todavía me duele la cabeza, y no hay pastillita que me calme ésta ansiedad monstruosa, ni muchos menos la depresión.

Nada.

Ni siquiera un transatlántico repleto de chocolates los cuales hubiera anhelado poseer en aquel momento —en lugar de pasto, pasto y más pasto; y además de todo eso, pasto—.


Todo era bello y bonito. Se olía el aroma de los flores cercanas, y se escuchaba el sonido suave del viento. Un ronroneo emocional. HASTA QUE EMPEZARON LOS MALDITOS PROBLEMAS.
Porque a primeras horas de la mañana, en una de esas aventuras profesionales en mi aeroplano (una visita a Kenia, en donde pretendía investigar la conducta de varios animales) perdí la coordinación mental y me desvinculé de mi consciencia cuando se me apareció, de la nada, un poste de luz gigantesco.

Alto, con manchitas. Era extraño. Escandalosamente. Cuando giré con violencia hacia la izquierda y me di vuelta, ya no había un poste de luz, sino dos. He aquí una foto de ambos, muy cerquita el uno del otro:




curar la depresión naturalmente

"Cúpula". Visión lateral.


A punto de realizar un aterrizaje forzoso de emergencia, los cuellos comenzaron a enroscarse entre sí. ¿De qué cosa hablo? De un par de jirafas cretinas, las cuales se habían cruzado en mi camino. ¿Postes de luz? Lo sé, olvidé traer mis lentes. Pero el ambiente era de fácil acceso visual: todo era igual. Pasto seco, por momentos, alto. Llanura, y más llanura. Y algún árbol por ahí. ¿Y luego? Más pasto.

Aterricé, observando horrorizada la cúpula —digo, cópula— y coloqué un pie sobre la tierra. Naturalmente, faltaba el otro. Ansiosa, tomé un par de souvenirs del suelo y me introduje de nuevo en mi aeroplano, ignorando la escena. En ese momento, levanté la vista. Pequeño problemita.

Una horda de rinocerontes obstruyó la línea imaginaria de salida. Y eso no fue lo peor: se quedaron pastando. DIOS SANTO.


Para colmo, con un ojo miraban el pasto, y con el otro, me vigilaban. Pude leer un mensaje angurriento entre líneas, a través de sus voluminosos labios: "Si te desplazas un centímetro, te cuerneamos. Y no estamos bromeando". ¿Cuernos? ¿Más? No, gracias.

Las doce del mediodía. Lo supe por la posición del sol, quien entraba y salía todos los días por el mismo lugar. Nunca cambia. Aburrido.

Madre santa, ¿padecerá también de ansiedad y depresión?

Los tipos seguían ahí, a cincuenta metros de distancia; no movían un solo pelo del cuerno, excepto los que adornan esas orejitas RIDÍCULAS, espantándose las moscas. ME MOLESTA. 

La una. Las dos. Las siete. Mi paciencia disminuía a medida que mis ovarios de titanio se inflaban cual globo de cumpleaños y se cocinaban fritos debido al calor.  

Los insulté, los maldije.

Después de todo, no entendían, qué más da.

—¡¡MUÉVANSE!! —gritaba, en todos los idiomas posibles del África.


No entendían. Al menos, eso creí hasta ese momento. Uno de ellos hizo uso de la escucha activa y percibió un insulto; precipitándose pesadamente sobre mi aeronave, la embistió de una cuerneada. Tomándome del volante, me sacudí toda. Todita.

—¡Pará hermano, pará! ¡¡No, pará, flaco!!

Pero el tipo seguía. Los demás animales ignoraban la escena y se alejaron en busca de pasturas más verdes. Verde, estaba yo.

—¡Andate, por San Francisco de Asís! ¡Sólo tengo 23 años!

Pero ni semejante figura santa, patrón de los animales, pudo intervenir. Cuando el animalito colisionó su figura contra mí por tercera vez, supe que debía alejarme y correr de allí, o me convertiría en una cajita no muy feliz, y ésta vez con algo peor que tender a ser ansiosa o depresiva.

Por momentos, el animal se distrajo; aproveché el momento y salí rajando. Corrí, corrí. Y corrí más. El bicho tuvo compasión me persiguió más de ciento cincuenta metros, o al menos eso pude percibir. Seguía corriendo y gritando como una enferma, hasta que el santo clorofílico de los árboles me tiró una mano. Pronto te darás cuenta de qué hablo.

Una acacia.

Estuvo a punto; podría jurar que, en algún momento de la persecución, el cuerno rozó una de mis nalgas.

—¡¡Dale, dale, que ahí viene!! —me gritaba a mí misma mientras ascendía por el árbol.

Cuando logré subir unos tres metros, el cuerno del mamífero impactó sobre el tronco, dejándolo idiota, como mi ser en época de los exámenes asesinos de Embriología; mis rubios cabellos volaron por los aires y me quedé pelada se mecieron al compás de la violencia, haciendo añicos mis trenzas, y la ropa color caqui de campo se puso verde por el terror.

Mis botas de safari rozaron entonces el último pedazo del trayecto, y me refugié en una pesada rama. Mantuve el equilibrio.
—Ya está, ya está. De ésta, me salvo... ya fue.

¿Ya fue?

Entonces el rinoceronte empezó a cavar alrededor del árbol. Se me voló el sombrerito, cayendo sobre la cabeza de la cosa fea ésta.

—Soy boleta.

Pero, de casualidad —o quizá, le picó el bichito de la piedad— el cretino dejó de cavar. En cambio, se acomodó sobre la tierra y allí se tumbó, dándose el baño de mugre diario que tanto practican. Todavía tenía puesto el sombrerito sobre su cabeza, aún después de la barbarie, como Don Ramón. Se tomó su tiempo. Faltaba un inodoro y una revista, y estábamos completos.

O SEA, SE QUEDÓ ESPERANDO A QUE YO BAJARA DEL ÁRBOL. LEÍSTE BIEN.

Levantaba los ojitos chiquitos y me miraba. Parecía idiota. Contemplaba el panorama. Puedo jurar que el desgraciado, pasada la media hora, me hizo una mueca de placer, como diciendo "Algún día vas a bajar".

Una hora, dos horas. Un astro blanco, usurpador de la luz del sol, se apareció frente a víctima y victimario. Se vistió de bellos cráteres e iluminó el trasero del rinoceronte.

El par de jamones permanecía inmóvil ante la revelación por parte de la luna, que, seguramente, también era ansiosa. Nunca habla sobre sus penas. Sólo se dedica a orbitar alrededor de alguien más. Qué desgracia.

—Tengo hambre. Que se vaya, por Dios. Que se vaya. 

Entonces, por arte de magia —o algo así— el animal levantó la nariz y comenzó a olfatear. Se incorporó y se marchó corriendo.

—¡Providencia!—clamé al astro nocturno, mientras alzaba los brazos como una loca en señal de victoria y la luna me devolvía el gesto con una puteada.

No estoy loquilla. Loca, loquilla. Equis dé.

Creí que el hecho de haberme subido al árbol había solucionado mis problemas. Sin embargo, mi estómago no era el único que rugía.

—¡¡Auxilio…!!


Lo que sigue, es harina del mismo costal…


PARTE 2 de 4: Se subirá el viernes 8-9-17.



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ÉSTA HISTORIA ES UNA PARODIA, COMO EL GROSOR DE LAS HAMBURGUESAS EN LAS FOTOS DE LA RUTA: NO ES REAL. ESPERO QUE LA HAYAS DISFRUTADO.


Comenzaré a hacer videoblogs en mi canal de YouTube en abril del año 2018. Lamentablemente me es imposible hacerlo antes.

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