A REÍR: CÓMO CURAR LA DEPRESIÓN Y LA ANSIEDAD NATURALMENTE - PARTE 3 DE 4

Bienvenido a la entrega 3 de la categoría AZUL ("EL CUENTITO DE LA SEMANA")



Ansiedad. Depresión. Nombro a una, luego a la otra (otra vez) Y sí. Van de la mano. Quise relajar mi agobiado cerebro viajando a África. ¿El resultado? Calamidad. Pero espero que en tu caso, sea todo lo contrario. Curar algo naturalmente no es imposible. La idea es que te relajes un rato... que lo disfrutes: parte 3.

Desesperadamente retomé la posición, resbalé siete veces, me incorporé y me dispuse a galopar tan rápido como mi cuerpo me lo permitía. Y todo eso lo hice en dos milisegundos. Segundos después, eran seis los leones que me perseguían. Corrí muy rápido, ¿saben? Por eso estoy viva. 

—¡¡Energía... dale, corrééé... las barritas...energéticas... de cereal!! —grité, mientras me convertía en una velocista profesional y me quitaba más y más la ropa para liberarme del peso.



curar la depresión naturalmente
Rapidito. 


QUIERO QUE TE IMAGINES ESE MOMENTO. Más y más ropa volaba por los aires. Aquella escena era como un striptease, pero en condiciones más peligrosas que un caño flojo. Más bien el caño se lo dieron contra la cara los leones, los cuales vociferaron de rabia mientras intentaban atacar mi aeroplano, en donde me había resguardado. Me la había topado de casualidad y a partir de ese momento supe, de buena fuente, que los milagros existían.

—Váyanse, vagos. No hay cena por hoy —aclaré, y les tomé varias fotografías detrás del cristal mientras les hacía burlas.

Pero no. No se fueron. En cambio, hicieron una ronda alrededor mío y se sentaron sobre sus patas traseras; Y SE QUEDARON AHÍ. Lo sabía: me daría un paro cardíaco, pulmonar, mental y anal porque eventualmente me podría cag** encima en cualquier momento.

Les faltaban los lentes negros y el cigarro; parecían los agentes de una organización de inteligencia. Entonces me acordé de un dato: hace un rato, había tomado piedras de recuerdo —recuerdo inmundo y triste como un consolador.

Elegí entre varias. Le tiré la piedra más pesada a una leona, la cual agachó la cabeza en el momento preciso; el objeto contundente impactó entonces sobre la cara de un león macho que se avecinaba con lentitud, aunque en forma repentina.

El impacto fue tan preciso, tan perfecto, tan poético, que parte de su melena pareció desprenderse, como la pelusa se desprende al cepillar a un gato. Ups. Se enojó. El macho se enojó: claro está, con la leona que había esquivado el proyectil. Ella, ansiosa, lo miró con odio y frunció el seño.

Comenzaron a pelear. Tanto escándalo hizo el macho debido a su ojo derecho desubicado, que los leones empezaron, en masa, a pelearse entre sí con una ferocidad nunca vista por mis ojos. Podía reconocer al león que lo inició todo: quedó bizco. Y sí. Él empezó, loco. QUE SE JODA POR ATRAVESARSE EN LA TRAYECTORIA PARABÓLICA DE LA PIEDRA

—¡Aflojá, Mufasa!

Pero Mufasa la seguía. Por alguna extraña razón, quería desquitarse con la leona. En ese entonces, no se le ocurrió otra cosa que montársele encima y exhibir su filosa —y gruesa— arma trasera. Como castigo, le hizo cinco hijos, y le quitó todo lo deprimida que pudiera estar. Sin complejos.

—¡Mira eso, es una pitón reticulada! ¡Dios mío! ¡Me falta ser insultada por toda una manada de mandriles y la tengo completa! —articulé, y me acerqué a la entrada del aeroplano. 

En dichas circunstancias, correr más rápido que los leones era importante, pero no esencial; sí lo fue la inteligencia y el sigilo. ¿Podría salir de allí?

La abrí, y me alejé despacio. Las bestias seguían peleándose entre sí, sin pelos en la lengua. A los pocos minutos llegó otro macho -probablemente un hermano- y poco a poco el combate fue convirtiéndose en una orgía.

Como mencioné anteriormente, los leones estaban muy ocupados. Me dirigí hacia una zona de pasturas y comí. Comí con desesperación. Mi fisiología no duraría ni dos horas más en el aeroplano, sin probar bocado alguno. Estaba a punto de morir por inanición. Asqueada, arranqué un pequeño trozo de corteza seca —pues había hallado otra acacia, mucho más grande que la anterior— y me la tragué también.

Había pedido ayuda desde un complejo sistema en el aeroplano, enviando un mensaje de auxilio. Auxilio, socorro, asistencia, colaboración, todo junto. Supe que comenzarían a buscarme alrededor de la zona, con lo cual no me alejé mucho. Más tarde, contemplé a los leones alejarse a los lejos  —gracias a Dios— por donde habían venido.

—¡El celular! ¡Lo dejé debajo del asiento! Tendría que haber mandado un guasá y una actualización pal´ féis.

Me subí al árbol. No, no había ningún leopardo. Había algo peor.

Por cada paso que daba, lanzaba un insulto. Espinas, y más espinas. Ahora, además de convertirme en una paciente con ansiedad y depresión crónica, me convertiría también en un colador. Y de los modernos.

 —¡¡Maldita coevolución y selección natural!! —maldije, mientras puteaba al árbol y a todo cuanto animal se me había cruzado en mi vida entera.

Llegué a la cima y me acurruqué en un pequeño hueco. Intenté relajarme, pero no fue matemáticamente posible. ¡¡NO FUE POSIBLE!! Es increíble cómo aflora la creatividad cuando uno debe desempeñarse con el fin de sobrevivir. Acto que, por cierto, hubiera denegado si hubiera podido. Porque cualquier cosa era peor que lo que sucedió a continuación…

Una mandada completa de mandriles —se cumplió mi presagio inicial— germinaron por todas las direcciones de la estructura vegetal, como frutos en época reproductiva. Como un árbol de manzanas. Pero aquella no era un árbol de manzanas, era un árbol de mandriles. Y se dirigían directamente hacia mi inocente persona.

Venían chillando, y pateando en el trasero a todo mono que se cruzara en el camino. Un par de ellos cayó de nalgas en el suelo y despidió una nube arenosa que me llegó hasta las narices. Horrorizada, estornudé.

Entonces recordé que había tomado un cuchillo del aeroplano la última vez, pero no. Hubiera necesitado varias granadas para detenerlos a todos. No se puede planear lo imposible.

Ya llegaban, ya llegaban. Estaban casi ahí.

Empujada por el terror, caminé hacia la punta de una pesada rama, con menos equilibrio que un mamut sobre una cuerda; acto seguido, comencé a emitir un padre nuestro.

Eran todos machos. Al parecer, todas las hembras se habían ido, o habrían sido expulsadas por “improductivas”. Machos, y más machos. Y todos la tenían parada.

Estaban decididos. Entonces, luego del padre nuestro, recé un ave maría. Mejor dicho, hubiera querido convertirme en un ave para salir volando de allí, incluso con la imposibilidad de volver a convertirme en humana. En un avión, un abejorro, CUALQUIER COSA.

Entonces supe que debía salvarme, o moriría del asco. Solamente del asco. Durante segundos, me mantuve envuelta en un pánico garrafal, mil veces peor que cualquier dosis de ansiedad y depresión. Tropecé y perdí el equilibrio. Casi caigo, pero me tomé muy fuerte de la rama. Estaba débil, y flaca. Tenía menos carne que una bicicleta, y mis pantorrillas parecían las de una gallina.

Aterrorizada en éste corral de la locura, permanecía colgando de la rama en medio de la pradera africana, con más de siete monos aullando alrededor. Tenían palitos en la mano. Nunca supe lo que querían hacer con esa colección completa de palitos. Bueno sí. Me da vergüenza contártelo. Okey, acá va. Pero no me hago responsable.

Empezaron a realizar curiosos experimentos con éstos palitos que te digo. ¿En qué parte del cuerpo? Mejor ni decirlo. Algunos, hacían de médicos, y otros, de pacientes. Claramente, los primeros azotaban a los segundos. Y si no lo hacían por las buenas, los sometían por las malas. Adivinaste. Yo sería la próxima.

—¡¡Cállense!! Soy ansiosa y depresiva, no loca. Ya tengo suficiente en ésta vida. ¡Ave María, llena eres de gracia, el señor es contigo! ¡No, no quiero que me tomen la temperatura!¡Y menos por ahí! ¡¡Váyanse, puercos!! ¡¡No me toquen!! ¡¡¡NO!!!

Horror. Todavía me tapo la cara con las manos al recordarlo (y sí, no me la iba a tapar con los pies).

No usaron sus colmillos, pero sí sus manos. Lo que siguió, no lo puedo contar. La cosa es que yo seguía colgando.

Pasado un rato, descendieron y se alejaron, emitiendo grotescas carcajadas. Yo estaba llena de tierra, y no sé qué otras cosas. 

Quise soltarme. El pasto amortiguaría mi caída. ¿La amortiguaría...? Que va. Rinocerontes, cocodrilos, leones, leopardos, mandriles... ¿qué más me podía pasar? Ese lugar sin una ametralladora era peor que Raccoon City y el pueblo de Silent Hill juntos. Faltaba que apareciera Nemesis y bajara el helicóptero de un bazucazo. 

Pasó un rato. Yo seguía colgando de la rama. 

Cuando las condiciones mentales me lo permitieron, me detuve a pensar un poco. SIETE METROS DE ALTURA. SÍ, ME SOLTARÍA. NO ME IMPORTARÍAN LOS HUESOS ROTOS.

Estaba decidida. Pensé que obtendría algo de paz. Pero al parecer, volví a equivocarme. Climatológicamente hablando, el día pasó de ser un paraíso a convertirse en un pequeño infierno, pues al poco tiempo se desató un temporal de lluvia, viento implacable y barro, que se depositó cuidadosamente sobre mi beio cabeio.

Me palpitaba el corazón, tenía sensación de ahogo. Esos síntomas… ya saben de lo que hago.

Me solté. Caí estrepitosamente. Luché para mantenerme en pie, y, sobre todo, mantener en pie las esperanzas de regresar a mi casita con vida, y con todos los huesos puestos en su lugar de origen embriológico. Mi linda casita, sin leones, ni espinas que me pincharan la espalda y otras partes. 

En aquel entonces, ya había amanecido. El sol impactaba sobre mi cabeza, que comenzaba a quedarse más pelada que un huevo. Pensé en descasar un poco bajo la sombra del árbol, la cual me protegía de la insolación, y me quedé dormida. Grave error…

Sigue y finaliza en la parte 4.




ÉSTE MATERIAL ESTÁ PROTEGIDO POR LOS DERECHOS DE AUTOR. SI QUERÉS USARLO, NO HAY PROBLEMA, AVISAME.



ÉSTA HISTORIA ES UNA PARODIA, COMO EL GROSOR DE LAS HAMBURGUESAS EN LAS FOTOS DE LA RUTA: NO ES REAL. ESPERO QUE LA HAYAS DISFRUTADO.


Si un artículo te gustó, o te fue útil, ¡por favor compartilo con tus amigos!

A mediados del 2018, subiré videoblogs a mi canal de YouTube.

¡Saludos de tu profe bloguera! 

Lady Neuron


Comentarios

Entradas populares