A REÍR: CÓMO CURAR LA DEPRESIÓN Y LA ANSIEDAD NATURALMENTE- PARTE 2 DE 4
Bienvenido a la entrega 2 de la categoría AZUL ("EL CUENTITO DE LA SEMANA")
¿Hola, como estás? Ansiedad. Depresión. Nombro a una, luego a la otra. Y sí. Van de la mano. Quise relajar mi agobiado cerebro viajando a África. ¿El resultado? Calamidad. Pero espero que en tu caso, sea todo lo contrario. Que lo disfrutes. La enseñanza que pretendo inculcar en relación con la depresión está al final de la saga de los artículos (el último y cuarto artículo) Curar algo naturalmente es posible. No brindo recetas mágicas, desconfiá de ellas; el objetivo es que te rías.
El rugido se manifestó tétrico y victorioso.
Entonces lo vi. No lo pensé; me arrojé de cabeza al suelo. Mis dientes tiritaban como una castañuela.
Pero el leopardo también lo hizo detrás de mí, y
cayó sobre una pequeña formación rocosa con una agilidad inenarrable.
Sólo puedo decirles algo. Pocas veces había corrido
tanto en mi vida. Comencé a deshuesarme, literalmente. Sentía como si mi fémur
bajara y el peroné subiera. Los huesos cambiaban de lugar. Mi cuerpo era una
sopa ósea y desesperada.
Me topé con mi aeroplano, en donde me encerré.
Pasado un rato, el leopardo perdió el interés y se alejó despacio, girando de
tanto en tanto para supervisar mi posición.
Pasé entonces la noche allí, en donde aprovisioné las tripas con barritas de cereal azucaradas, y otras porquerías. No
quería volar de noche. No sea cosa que se me cruzaran un par de monos voladores
casándose y jurándose amor eterno. O peor aún, que quisieran casarse conmigo. O
algo peor…
Había corrido y sudado mucho, y estaba
más deshidratada que el río Mara durante la estación seca. Por ende, mi
provisión de agua había volado en pocos minutos. Sudor, nervios,
palpitaciones.
Cuando amaneció, quise despegar, pero me di cuenta
de que el rinoceronte había dañado el motor. Salí y lo inspeccioné con cuidado
(pero no con profesionalismo) Mientras tanto, un pequeño pajarillo de más de
dos metros y medio de envergadura —un águila Marcial —depositó un regalito
sobre mi cabeza. Ya saben, UN ÁGUILA MARCIAL.
Imaginate las dimensiones de semejante bola de mierd*. ¿No querrías estar ahí, no?
-¡¡LA PUT* MADRE!!
Mi garganta, más que vociferar, quería percibir una buena cantidad de litros de agua atravesándola. No podía más, ¿sabés? Hacía calor, mucho calor. Más de cuarenta grados centígrados.
-¡¡LA PUT* MADRE!!
Mi garganta, más que vociferar, quería percibir una buena cantidad de litros de agua atravesándola. No podía más, ¿sabés? Hacía calor, mucho calor. Más de cuarenta grados centígrados.
Caminé hacia el río, estudiando un mapa. Sí, el
mismo se había salvado de las garras del rinoceronte, al igual que mi inocente
cuerpito.
Finalmente, llegué al río. De un lado, yo. Del otro, un pacífico grupo de cebras tomaba del preciado líquido.
¿Un río peligroso? No lo había pensado. Confíe en la
experiencia de las cebras para detectar el peligro. Si permanecían tranquilas, no había
porque alarmarse. Me arrodillé y bebí el primer sorbo. Lo escupí.
¿Que había tomado? Ni lo pregunten, damas y
caballeros. Parecía un zumo de caca, tierra, orina sistemáticamente depositada
y sustancias producto del apareamiento de una horda de hipopótamos. Te juro que
fue como tomar formol de una muestra de materia fecal. Pero debía beber un
poco más, pues no quería convertirme en el desayuno de mi mimada Accipitridae. No quería morir.
—¿Qué puede ser peor que esto? ¡Nada! ¡Prefiero
estar en la cima del Everest en pelotas!
¿Nada? Pues no sé. ¡Adivinaste! Había otro tierno
animalillo aguardando bajo el agua. Porque en ese momento, el cráneo gigante de
un cuadrúpedo se abalanzó sobre mi cabeza, ataque que esquivé con un
maravilloso salto de acróbata. Un segundo después, emergió el paquete completo:
un cocodrilo de más de cuatro metros se mostró por completo y me persiguió por
más de veinte metros.
Mucha gente cree que los cocodrilos no pueden moverse con agilidad, pero no es así. Tienen más secretos que mi tía Ñata.
Parecía confundido con mi presencia. Presento a continuación una ilustración psiquiátrica de la cara que puso cuando me vió.
Mucha gente cree que los cocodrilos no pueden moverse con agilidad, pero no es así. Tienen más secretos que mi tía Ñata.
Parecía confundido con mi presencia. Presento a continuación una ilustración psiquiátrica de la cara que puso cuando me vió.
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| Confusión. El plato del día no fue un ciervo, fue brillantina vieja... |
Me alejé lo suficiente, mientras puteaba con vigor
a las cebras. El cocodrilo avanzó un tanto más, se detuvo y abrió su boca para tomar sol.
—Al menos pude tomar algo de agua.
Cuando el reptil regresó al agua, yo regresé al
imperio de la consciencia.
En aquel momento, supe que había cometido un error
garrafal. ¡Yo, profesora de Biología! Pero tenía nublado el cerebro. Durante
todo ese tiempo me había posicionado a favor del viento, dirigiendo mi
delicioso perfume hacia el hocico de cualquier mal samaritano que deambulara
por allí, en busca de una cena anticipada. Se supone que tenía conocimientos ecológicos, y acababa de cometer una estupidez.
Dentro de un par de horas, volvería la noche.
Pasado un rato —tiempo en el cual di más vueltas
que una calesita, juré escuchar música de circo mientras tanto— me encontré con un trayecto hueco, profundo, que se dirigía
hacia algún lugar, como un río seco que marcaba una dirección. Parecían las
vías de un tren, pero con tierra. Podría descender y recorrer el camino; quizá
me llevaría a una fuente fresca de agua. Si el agua estaba límpida, podría visualizar a cualquier cocodrilo cercano que nadara por allí.
Arranqué un poco de pastito y me lo tragué. Así es.
En la sabana africana no hay mantecol ni pan dulce. El único pan dulce lo tenía
en las nalgas, las cuales se estaban asando vivas por el calor (sin frutos del bosque
para acompañar).
—Vaya Navidad más inmunda. Apuesto a que mi familia
está preocupando por mí, ansiosa, y me está buscando, claro que sí…
Me mentía a mí misma. Daba igual. Me incliné hacía
la depresión del terreno (así se denomina geográficamente hablando, no es que
el terreno también padezca depresión, bueno no sé habría que escribir algo en el terreno con un palito para preguntarle) Cayó un poco de tierra por
la pequeña ladera.
—¿Qué hago? ¿Bajo? Sí. Bueno, no. Bueno sí. Bueno no sé. Me
parece que mejor voy a baj...¡¡AAARRR!!!
Un grito. EL grito. Ésta fue LA salida, señores.
Porque cuando tuve una pata en el aire, tres leonas de gran calibre emergieron
desde abajo de un salto y aterrizaron a medio metro de distancia. ¿Y ahora...? ¿Cuándo terminará todo ésto? ¿Cuando acabe el período Holoceno? Mamadera...
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ÉSTA HISTORIA ES UNA PARODIA, COMO EL GROSOR DE LAS HAMBURGUESAS EN LAS FOTOS DE LA RUTA: NO ES REAL. ESPERO QUE LA HAYAS DISFRUTADO.
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Comenzaré a alimentar el blog con videoblogs (en YouTube) ¿Cuándo? Aproximadamente desde junio del 2018. Por una cuestión de responsabilidad social no puedo hacerlo antes.
*Preguntale a la profe Lady Neuron: ladyneuron713@gmail.com (713 es el nombre de éste blog: el número de aula...)
Lady Neuron


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